Los pequeños placeres
El filósofo epicúreo, que tiene mala fama pero merece ser rescatado, distinguía dos tipos de placer. Los grandes, los de los banquetes y las glorias, siempre insuficientes. Y los pequeños: el agua fresca, el pan con aceite, la conversación con un amigo, un baño de sol en invierno.
Esos pequeños placeres son, decía Epicuro, los únicos verdaderamente saciables. Te sacian y te dejan en paz. No piden más.
Nuestra cultura de la abundancia ha invertido la ecuación. Perseguimos los grandes y despreciamos los pequeños. De ahí el malestar: siempre nos falta algo, siempre hay un siguiente peldaño.
Haz una lista, aunque sea mental: ¿qué pequeños placeres tienes a tu alcance, hoy mismo, que te dan felicidad instantánea y cuestan cero? Un café despacio. Un libro abierto. Una ventana mirando al oeste. Son ellos los que, sumados, hacen una vida.