El ritual del atardecer
Antes de que existieran los relojes, la gente marcaba el día con tres grandes momentos: el amanecer, el mediodía y la puesta de sol. El atardecer era el que tenía más peso ceremonial. Era la hora de recoger, de agradecer y de prepararse para el descanso.
Hemos perdido casi por completo ese hábito. Ahora el atardecer nos pilla frente a una pantalla, con luz azul en la cara, sin haber notado siquiera cómo el cielo cambiaba.
Proponte esto: durante una semana, sal un momento a la calle o asómate a la ventana justo cuando el sol empieza a bajar. No hace falta que lo veas entero, basta con unos minutos.
Haz una pausa. Reconoce lo que el día te ha dado. Reconoce también lo que te ha pesado. Y déjalo ir, como se va el sol. Es una ceremonia de treinta segundos que, repetida, reorganiza la vida entera.