La magia de los bazares
Entra en un bazar antiguo de Estambul, de Marrakech o de Jerusalén. Te envuelve un olor imposible de describir: especias, cuero, azafrán, incienso. Voces en todos los idiomas. Telas colgando como banderas. Teteras de cobre brillando al sol.
Son lugares que tienen miles de años. El de Estambul empezó a funcionar en el siglo XV. Por allí han pasado venecianos, genoveses, persas, judíos sefardíes, tuaregs. Todos comprando y vendiendo. Todos negociando. Todos aprendiendo los idiomas del otro sin querer.
La globalización se inventó en los bazares, no en Wall Street. Y la convivencia entre culturas también. No por idealismo, sino por necesidad: para cerrar una venta hay que escuchar al otro.
En los bazares está, intacta, una sabiduría que los estados a veces olvidan: el comercio hecho con el ojo, con la taza de té ofrecida, con la hora larga de regateo, es también una forma de paz. Literalmente, hacer negocios es hacer a-migos.